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25 de febrero de 2019

Acuaristas, los guardianes de 2.300 ejemplares del río Paraná

Cómo trabajan los buzos que alimentan a más de cien especies distintas de peces y mantienen en condiciones las peceras del acuario.

Alrededor de cien especies de peces que viven en el Acuario del Río Paraná cuentan con cinco personas que, diariamente, están a su servicio. Los acuaristas del complejo de zona norte limpian, alimentan y ayudan a los más de 2.300 ejemplares distribuidos en las peceras para que la transición del mundo salvaje al acuario sea la adecuada. Un trabajo que denota mucha predisposición y seguimiento, además de formación, para que los peces se sientan como en casa.

Por el acuario ya pasaron más de 160 mil personas en el año que lleva abierto. Allí se hace una guía de introducción antes de ir al sector de peceras para que la experiencia sea de verdad enriquecedora y que no quede sólo en una mera foto con alguno de los ejemplares.

Julieta Trossero, Damián Lescano, Fernando Lo Menzo y Francisco Alonso, junto a la instructora Clara Mitchell, son los encargados de que las peceras del acuario luzcan impolutas; y los peces, con la panza llena.

Para cumplir esos objetivos, alguno de los cinco siempre está de turno (sea fin de semana o feriado) para que los ejemplares no estén solos ante cualquier eventualidad que surja.

Según cuentan los acuaristas, la limpieza profunda puede tomar una jornada entera (seis horas) aunque no se puede hacer de manera continua, ya que los buzos no pueden estar sumergidos durante más de tres horas. Tras ello, quedan retoques eventuales si la situación lo amerita.

“Somos cuatro personas buzos que nos vamos rotando para que todos los días estén cubiertos. Siempre tiene que estar uno por si pasa algo. Los animales nunca dejan de tener atención”, comenta Julieta, que estudia Ciencias Veterinarias y es buzo avanzada.

A su vez, Damián, que es licenciado en Biotecnología y “acuarista aficionado de toda la vida”, menciona que tratar a los peces va desde su recepción en el acuario hasta “acostumbrarlos a comer un alimento balanceado distinto a lo que comen en la naturaleza (suministran 17 variedades diferentes a las más de 100 especies) e ir aprendiendo todo lo que necesitan todos los ejemplares”.

Clara, ingeniera industrial en los papeles pero apasionada por la naturaleza, añade: “El trabajo no es sólo limpiar (sifoneado del suelo, limpieza de los vidrios y paredes), también se trata de la alimentación de los peces y el tratamiento cuando alguno lo requiera por un cuadro especial”.

La instructora y los buzos contaron que la alimentación es cinco veces por semana para no cambiar el ciclo de vida que los peces tenían en estado salvaje: “No le podés diferir tanto de su naturaleza. Hay dos días a la semana que no comen para tratar de imitar el comportamiento natural que tenían”.

Pero el trabajo de los chicos no se supedita a limpieza y alimentación. El vínculo que forman con algunos ejemplares es palpable; después de todo, son los encargados de velar por la integridad de 2.300 peces.

Algunos ya tienen nombres otorgados por los acuaristas en señal de cariño; otros tienen a sus preferidos y hasta están los peces que se arriman cuando los buzos se meten a las peceras. Durante la nota, Clara se acerca a alimentar a una raya que, sin dudarlo, se acerca a su mano para recibir la comida. “Es mi favorita”, afirma la joven, apasionada por su trabajo, lo que se percibe en la dedicación que pone a la hora de alimentar a los ejemplares.

Además de las tareas de mantenimiento, Clara cuenta que en el acuario se está desarrollando una investigación sobre la contaminación con plástico en el Paraná: “En Argentina sólo se hizo en tres lugares. Todos en ríos de agua dulce”.

Julieta, en tanto, en una de las peceras hace el sifoneo de las piedras, que consiste en sacar agua con una bomba con la que, junto al líquido extraído, se va la mugre. En el mismo lugar, Damián limpia las algas que quedan en los vidrios. Alrededor del joven, un pez no para de dar vueltas para comer los restos que se desprenden de los vidrios.

“Del sifoneo salen, sobre todo, desechos de los peces y sobra de alimentos. Esto nos ayuda a determinar y corregir las cantidades de alimento. Aunque no suele sobrar”, detalla Clara.

Diversidad

Los ejemplares que están en el acuario son, en su mayoría, recolectados del mismo río, en algunos casos donados por algún pescador artesanal o por criaderos especializados.

Tal es así que hay desde las clásicas palometas (que dejan ver un brillo que no se vería en circunstancias normales en el río) hasta un surubí atigrado que sorprende por la nitidez de los trazos que se dejan contemplar sobre su fisonomía.

Si bien hay una gran cantidad de especies en el acuario que pertenecen al sector argentino del río Paraná, Damián contó que todavía faltan muchas, porque “la diversidad del Paraná es interminable”.

“Por un lado, hay muchas especies que son parecidas entre sí y no tiene sentido si el visitante no las va a distinguir en la muestra; además, hay otras que son difíciles de conseguir y que podemos estar dos años pescando y, capaz, no las encontramos”, explica Damián, a lo que Clara agrega: “De hecho, ya llevamos dos años y hay algunas que no conseguimos”.

En el caso de que lleguen especies nuevas, en el acuario esperarán cinco personas comprometidas (junto a un variado equipo de investigadores y profesionales) que harán todo lo posible para hacer sentir a los peces como en casa.

Fuente: Diario La Capital